10 agosto 2010

Todos los caminos

Nunca se había encontrado cara a cara con un jabalí. K lo estudió detenidamente. Ojos diminutos. Cuerpo rechoncho y paticorto. Pelaje de cerdas largas y ásperas. Cola mediana rematada en una borla. Mira que eres feo, le espetó. El jabalí, lejos de enfadarse, le facilitó más detalles: mi lenguaje se limita a dos tipos de sonidos, gruñidos y silbidos. Me sulibeya revolcarme en el barro para después frotarme contra un árbol. Mientras las jabalinas se desplazan en grupos matriarcales, los machos somos más bien solitarios. Los de un año, denominados bermejos, viven a cierta distancia del grupo. Los más viejos, llamados macarenos, nos acompañamos de uno más joven conocido como "el escudero". Entonces K —reparando en el jabato que vigilaba tras un boj— pensó, otros que se han leído El Quijote.
Fotocortesía: Andrés Martínez

10 julio 2010

Al descubierto

L tenía obsesión por las bolsas. Bolsa que veía, bolsa que rasgaba (no podía soportar que los demás guardaran secretos). Esta adicción le trajo no pocos problemas; era de esperar que no todos los transeúntes accedieran a mostrar sus pertenencias a un desconocido; esto se traducía en una respuesta malsonante, un gesto esquivo o algún que otro empellón. Sin embargo, L no cejaba; ayer tuvo el último percance. Llevaba dos horas en carrera interminable tras una chica que portaba una bolsa roja; Urquinaona, Sant Pere, Ronda de La Universitat. La persecución le había hecho fantasear: seguro que lleva un libro, juraría que un cuento de Andersen, apuesto por el "Dos pisones". Desgarrado por el comecome, L asaltó a la peatona en un semáforo; dime qué llevas ahí. Temblando, ella le mostró el contenido de la bolsa: un par de ladrillos que había birlado en una obra para usarlos como pisapapeles. Sin saber qué decir, L se llevó los ladrillos a casa. Había leído cosas peores.
Hermanado con Hospital, de Andrés Martínez
Fotocortesía: Andrés Martínez

27 junio 2010

Pequeñeces

Sacó el pie del zapato y se lo volvió a calzar. Q no daba crédito. El 38, su número de hacía años, le quedaba enorme. El dependiente hizo la comprobación; lo comparó con otros modelos, sacó el metro, extendió la palma; ninguna duda de que fuera el 8. A regañadientes, Q accedió a probarse el 34: como anillo al dedo. Al volver a casa se lo comentó a su marido; éste cayó en la cuenta de que, en un sentido pudendo, también él se estaba quedando pigmeo. ¿Sería la economía? Acudieron a la Comunidad de Madrid, Atención al Ciudadano, donde previo pago de tasa les remitieron a la sección de Afectados por la Crisis. Abonado el impreso, les dijeron que su problema de encogimiento correspondía a los Servicios de Salud. Ya en Urgencias, un médico les pidió para un bocata y le dieron toda su calderilla. Cada vez se sentían más pequeños. Cuando llegaron a Admisión tuvieron que saltar para que la recepcionista les viera tras el mostrador. Quisieron atenderlos, pero para entonces eran tan diminutos que la primera corriente de aire se los llevó calle abajo.

06 junio 2010

El hombre sin prisa

El comportamiento de U había empezado a levantar sospechas: parecía un hombre feliz. En el Ministerio se rumoreaba, U no se ajusta a protocolo. Entraba risueño por las mañanas, cumplía con sus obligaciones laborales y se retiraba sonriente por las tardes. Su jefe decidió ponerle un espía; no se despegue de U ni de día ni de noche. El informe fue inaudito; U sale de casa silbando una canción de Rihana, compra el diario bromeando con el quiosquero, cede su asiento en el autobús. No parece tener prisa y saluda a todo el mundo según entra en la oficina. Al salir, recoge a sus niñas del colegio, hace la compra y después juega con ellas en el tobogán. Alarmado, su jefe lo llamó a capítulo; me tiene Vd. preocupado. U le respondió, esto está en manos de los psiquiatras; se trata de un caso único y de momento no hay tratamiento eficaz.

16 mayo 2010

Escalestrix

Cuando vieron que el abuelo estaba inservible decidieron montar el sistema de raíles. La cosa era muy simple: un circuito por toda la casa y unos engarces metálicos en la suela de las zapatillas hacían que, con un mando a distancia, bastara con que el abuelo susurrara "baño" o "cama" para enviarlo a su destino. El ahorro en esfuerzo era considerable. Pero la semana pasada, por más que el nieto pulsó el botón, el viejete no salía del dormitorio. ¿Por fin habría palmado? Franquearon su cuarto y se encontraron con sus pantuflas en el suelo. Había huído. Cuando fueron a dar el parte a la comisaría, el inspector les informó de los cabos: el abuelo llevaba meses frecuentando un club de segunda oportunidad en el barrio Maravillas, había conocido a la colombiana W —a la que se trincaba todas las noches— y se había comprado un billete de ida a las Caimán. ¿Nos habrá desheredado?, se preguntó la familia mientras el inspector se ponía una cumbia.

23 abril 2010

Lo pequeño

Llevaba un rato asomado a la ventana cuando descubrió una trampilla bajo sus pies. D levantó la tapa y vislumbró, muy al fondo, una gran masa de objetos. Dedujo, acabo de desvelar lo infraordinario. Sin pensarlo dos veces bajó; dejaba atrás el mundo de lo ordinario. Al principio le abrumó la miríada de detalles que se amontonaban en el subsuelo: guiños, canicas, pendientitos de bola, mondas de lapicero. Pero al cabo de un rato comprobó que cada una de esas nimiedades tenía un significado descomunal (menudo mundo ese que a ojos de muchos no existe). Movido por la curiosidad comenzó a rebuscar por si algún objeto pudiera ser suyo, hasta que dio con él: un botón que Z le arrancó —con intención— el día en que se conocieron. De pronto un ruido, la trampilla se estaba cerrando. D miró hacia arriba y no le importó quedarse.

11 abril 2010

Dieta mediterránea

Si por algo se caracterizaba M era por su testarudez. A todo hacía oídos sordos. Tras probar suerte en varios empleos, comenzó a trabajar como dietista-nutricionista en el zoo. Ya en la ronda de presentaciones entró en franca colisión con la figura estrella del parque: el león albino. No le entraba en la cabeza que pudiera existir una fiera sin melanina. Siguiendo el protocolo encargó un hematocrito del felino; éste reveló, tal y como sospechaba, que el animal adolecía de un exceso de triglicéridos. Ante el estupor de los empleados, M decidió instaurarle un estricto programa de dieta mediterránea. El primer día el personal se negó a ofrecer menestra al león, así que M abrió la jaula; el felino miró el plato y la melena se le convirtió en una corona de púas. Al sentir el colmillo en el glúteo, M contempló la posibilidad de haberse equivocado.

21 marzo 2010

Ojo vago

La policía interrogaba al quiosquero. Debe de ser el último que la vio, murmuraban los vecinos. J había desaparecido sin preaviso; ni había acudido a la oficina, ni había bajado la basura, ni había recogido los coleccionables a los que estaba suscrita. Todas las tardes me visitaba, gesticulaba el hombre desde el templete; fíjense, la de tomos que tengo para ella. Los agentes anotaban datos y fechas. El jueves 20 fue la última vez, cogió la de Capote y prometió comentármela al cabo de una semana: nunca volvió. ¿Tenía problemas? Los justos. ¿Quizá una enfermedad? Ah... ¡el ojo vago! Aquel día apareció con un parche; vengo del oculista, me dijo. Sin saberlo, he vivido con un diez por ciento de visión en el ojo izquierdo; por aquello de compensar he sobrecargado a mi ojo sano, que necesita descansar. La de cosas que hacemos mal por inercia, ¿verdad?, ¡al perezoso lo he aparcado y al listo lo he agotado! Entonces el quiosquero dio un puñetazo sobre el mostrador. No se preocupen por ella; el ojo vago ha tomado las riendas.

07 marzo 2010

El canje

H era un entusiasta de las promociones. Siempre estaba al tanto de lo que se regalaba al comprar un periódico, al completar una encuesta o al rellenar un cupón. Tenía la casa llena de minerales, de relojes con historia, de muñequitas de porcelana y plumas con tradición. Un día se le ocurrió, voy a ser yo el que reparta alegría. Durante una semana estuvo preparando paquetes y bombos para sorteo. Después llamó a sus amigos; cada vez que quedéis conmigo iréis ganando puntos. Cuanto más crezca vuestra lista de méritos, tanto más fácil os será conseguir regalos. Ellos le vieron la gracia; citarse con H suponía un paso adelante para obtener la licuadora o el chaleco reflectante. Pero, con el paso del tiempo, esto les fue generando ansiedad: ya no importaba la compañía de H, sino su duración; una diferencia de diez minutos podía suponer la pérdida de una fondue. Defraudado, H cerró el concurso y sus amigos no encontraron nada con que canjear los puntos acumulados.
Fotocortesía: Pepe Lillo

21 febrero 2010

El velcro

Su madre le había comprado un plumífero rosa que era la sensación de la temporada. Con su capucha ribeteada por una tira de piel, con sus bolsillos de plastón y sus cierres de velcro. X se dirigió a la Facultad de Arquitectura presumiendo de palmito. Cuando hacía cola para subir al autobús, su velcro se quedó adherido al jersey de lana de B, el chico más bruto de todo Veterinaria. X se sonrojó y, con un movimiento delicado, intento separarse del suéter del mastuerzo. En buena hora: alertado por sus amigos, B se volvió bruscamente y consiguió que no sólo la manga, sino también la cinturilla y el codo de su otro brazo se enredasen con los velcros de X, que parecía ahora más pegajosa que nunca. Total, que ante la imposibilidad de llegar a una separación negociada*, ella se tragó aquella mañana las prácticas de inseminación de yeguas y pensó que tampoco estaba tan mal, eso de la veterinaria.
*Nota del autor: B no llevaba camiseta interior.