¿Dónde estaba su lado derecho? Al mirarse en el espejo G sólo era capaz de verse la parte izquierda de la cara. Se pellizcó la mejilla. No la sentía. Intentó palparse el ojo, la ceja, la oreja diestra. La mano surcaba el espacio como un columpio en el aire, sin mayor dificultad. Se desnudó atropelladamente, tirando las prendas sin concierto; el sueño es traicionero —pensó—, con el guante de crin regresaré a la realidad. Pero ni con el guante ni con la piedra pómez: al salir de la ducha y despejarse el vapor de agua se vino abajo. Se recompuso como pudo; después de aplicarse la mitad de crema hidratante se vistió, cogió el coche y llegó al banco; tenía una cita con su gestor. Cuando éste se giró tras la ventanilla, G descubrió que no se le veía el lado izquierdo del rostro.
No hay mal que por bien no venga. Se ahorra un dineral en crema hidratante (y si es antiedad, una fortuna). Sólo necesitará una lentilla o un auricular monoaural. No necesitará poner la otra mejilla. Ni problemas para saber cuál es su perfil bueno. Vamos, la botella medio llena.
Su gestor... ¿o su banquero? ¿No será que acababa de firmar una hipoteca y se el del otro lado de la ventanilla le había robado su medio yo? Recuerdos para tí, para G., y para FBryce. AM
Envíame una foto y escribiré un relato:lamicroscopista@yahoo.es
Al binocular
Eso no se hace, Slawomir Mrozek. Remordimiento, Thomas Bernhard. La migala, Juan José Arreola. Últimos atardeceres en la tierra, Roberto Bolaño. Nocilla Dream, Agustín Fernández Mallo. Un tranvía en SP, Unai Elorriaga. La mujer parecida a mí, Felisberto Hernández. Thomson, Braun, Corberó, Philishave, Quim Monzó. Un artista del trapecio, Franz Kafka. La hija de Rappaccini, Nathaniel Hawthorne. Manuscrito hallado en una botella, Edgard Allan Poe. Manuscrito hallado en un bolsillo, Julio Cortázar. Continuidad de los parques, Julio Cortázar. No oyes ladrar los perros, Juan Rulfo. Las furias de Menlo Park, Ignacio Padilla. El rastro de tu sangre en la nieve, Gabriel García Márquez. Triste canta el búho, Carlos Murciano. Lo infraordinario, Georges Perec. 84, Charing Cross Road, Helene Hanff.
8 comentarios:
No hay mal que por bien no venga. Se ahorra un dineral en crema hidratante (y si es antiedad, una fortuna). Sólo necesitará una lentilla o un auricular monoaural. No necesitará poner la otra mejilla. Ni problemas para saber cuál es su perfil bueno. Vamos, la botella medio llena.
Así me gusta, Fanny, que des la cara por G.
Su gestor... ¿o su banquero? ¿No será que acababa de firmar una hipoteca y se el del otro lado de la ventanilla le había robado su medio yo? Recuerdos para tí, para G., y para FBryce. AM
No seas tramposo, Andrew. Sólo has solucionado la mitad del cuento. ¿A qué atribuyes la pérdida facial del banquero?
A que se la rebanó G. con un machete (por cabrón).
Ah, lo que hace el euribor. Cambiaré entonces el título: El crimen de Caja Madrid.
Aaaah, o sea, de ahí viene lo de "un ojo de la cara". Que le hagan un chequeo, a ver si conserva los dos riñones.
Los ricos también lloran, y los gestores también tienen hipotecas, digo yo.
Saludos, Julia, saludos AM.
FB ha dado en el clavo, me equivoqué: el gestor tiene la cara rebanada por su propia hipoteca en el Banco Sabadell. Abrazos, AM
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